Un hombre aparca tras callejear durante cerca de quince minutos. Es tarde y los niños ya estarán dormidos. Cruza la plaza del pueblo donde vive, Santomera, en Murcia, y se detiene de repente sin saber aún por qué. Mira hacia atrás, al joven que, semidesnudo, camina cerca de él. Le mira a la cara y baja la mirada despacio, pues ya sabe por qué se ha detenido, ya sabe lo que va a encontrar, lo que su vista certifica justo en ese momento: el joven sostiene en sus manos una cabeza de mujer. En seguida aparece la policía. El hombre se acerca, contrasta su testimonio con el de otras personas que en ese momento también cruzaban la plaza. Varios coinciden en que la cabeza que portaba el joven era la de su propia madre. No puede esperar los cinco minutos que le quedan para llegar a su casa y telefonea a su mujer: no te vas a creer lo que he visto. Ya en la casa, repetirá la historia cerca de doce veces, añadiendo algunos detalles. No se explica lo sucedido, que su visión no se corresponda a una secuencia desagradable de una película horrenda.
A la mañana siguiente, antes de entrar en la oficina, tomando el café de siempre en la barra del bar de siempre, un titular del periódico le tranquiliza: el joven que ha decapitado a su madre es esquizofrénico, loco, incluso había estado cuatro veces ingresado en la unidad psiquiátrica de un hospital. En el bar todos coinciden, a ambos lados de la barra, en que un loco no puede andar suelto, que la culpa es de los jueces y de los psiquiatras. En la oficina también opinan lo mismo.
Hace pocos días, un militar disparó a su ex mujer y a la actual pareja de ella, matándolos a ambos, encañonándose después a sí mismo y también matándose. Ningún vecino se encontró con la tragedia en ninguna plaza pues tuvo lugar en el interior de un domicilio, y sólo hubo un único testigo: el hijo de cuatro años del militar y de su ex mujer. El militar contaba con varias denuncias, orden de alejamiento, prohibición de portar armas de fuego, y el informe favorable de una psicóloga que afirmaba que no constituía peligro. Algún compañero dirá, seguramente, eso de que era una persona normal, buen jefe, buen subordinado, vecino discreto, afable. A algún militar le chirriará -con razón- el continuado uso de su profesión para señalar a este individuo militar, como si tuviera algo que ver con el crimen cometido.
A muchas personas que todavía se asombran ante la película que constituye la vida también les chirría el uso del diagnóstico en el joven que decapitó a su madre. No es que no sea cierto, o que su enfermedad y su tratamiento y su seguimiento médico no tengan nada que ver con la atrocidad cometida, es que en España hay nada más y nada menos que cerca de quinientos mil esquizofrénicos, algo así como la población de la ciudad de Málaga. Quinientas mil personas que no sólo no han decapitado a sus madres ni asesinado a sus mujeres delante de sus hijos, ni siquiera han participado en carreras ilegales de coches o disecado jirafas, sino que además llevan una vida normal, muchos con medicación, sí, como otros millones de enfermos, pero con su trabajo y sus parejas y su derecho a caminar tranquilamente por la calle sin la etiqueta de ser un peligro público, sin serlo, como tantísimos otros, cuerdos cuerdísimos, que sí lo son.







