El delirio: teorías psicológicas  e intervención

Cristina Diez-Alegría Gálvez  , Eva Mª Muñiz Giner

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Introducción: el delirio como objeto de estudio

El delirio ha sido y sigue siendo uno de los síntomas más controvertidos y sobre el que más se ha especulado a lo largo de la historia de la psicopatología. La Psicología Clínica ha dicho poco al respecto de este síntoma, desde una perspectiva experimental, y hasta la actualidad el tratamiento de elección es la medicación neuroléptica, por lo que era en el campo de la medicina desde donde

Una de las características más importantes de las teorías actuales sobre el delirio es la idea común (o mayormente sostenida) de que éstos tienen un significado y cumplen una función en la vida del individuo que los padece. Este supuesto fue sostenido en un principio por las teorías psicoanalíticas, que tomaban el delirio como expresión esencial de los deseos y fantasías premórbidas del individuo (Freeman, 1981, 1990; Nelki, 1988). Aunque las teorías cognitivas  actuales no proponen realmente que el delirio sea expresión de los deseos tempranos, sí rescatan la idea de los psicoanalistas de que este síntoma no sea algo accidental o sin significado, subrayando que pueda aparecer como un mecanismo de defensa para proteger al individuo (Bentall, 1992; Roberts, 1991;  Strauss, 1991).

A pesar de que la medicación neuroléptica beneficia a muchos pacientes que sufren este trastorno, muchos de ellos abandonan la medicación, algunos siguen algunos siguen  padeciendo síntomas aun cumpliendo con el tratamiento médico, otros no pueden llevar a cabo las pautas farmacológicas adecuadas ya que son muy susceptibles a los efectos secundarios de los psicofármacos, y otros sufren delirios sin cumplir necesariamente los criterios del trastorno esquizofrénico. Por todo esto, la psicología clínica comenzó a interesarse por este síntoma y buscar otras alternativas de intervención para estos pacientes que no podían beneficiarse del tratamiento farmacológico. Con este objetivo se comenzaron a realizar estudios que pudieran encender una luz sobre la formación y el mantenimiento de un síntoma que hasta el momento carecía de una explicación plausible. Con el fin de crear una línea de investigación, era necesario redefinir el objeto de estudio, que en este momento dejaba de ser el trastorno  en sí, es decir la esquizofrenia, para pasar a ser tan solo uno de sus síntomas, el delirio.

La mayoría de los psicólogos cognitivos que emprendieron esta tarea abogaron por el abandono del término de esquizofrenia (Bentall, Jackson y Pilgrim, 1988), basándose en el supuesto uso inadecuado del término, la disparidad de criterios utilizados por los profesionales a la hora de diagnosticar esquizofrenia, la dificultad que conlleva su definición, la delimitación de la fiabilidad y validez de su evaluación, y, como ya hemos apuntado anteriormente, la gran variabilidad de respuestas al tratamiento que se observa en la clínica. 

Realmente todas estas dificultades siguen existiendo hoy en día a la hora de delimitar el diagnóstico, sin embargo la solución no parece tan sencilla como el simple abandono de un término, ya que el estudio del delirio como entidad propia conlleva otra serie de dificultades o tal vez las mismas, es decir, la búsqueda de un consenso en su definición, la utilización de criterios adecuados de evaluación, etc. Tal vez el mayor beneficio de esta propuesta sea que muchas veces acotar o limitar el campo de estudio nos permite deshacernos de variables contaminadoras, facilita el consenso a la hora del diagnóstico y por tanto aumenta la fiabilidad y validez del objeto a estudiar.

Teorías psicológicas del delirio

Desde el campo de la Psicología han surgido muchas teorías respecto al delirio destacando distintos factores relevantes en su formación y mantenimiento. Desde

Las teorías cognitivas más actuales enfatizan la importancia de los sesgos cognitivos en la formación de la fenomenología delirante. Este grupo de teorías consideran el delirio una creencia, por lo que parten del hecho de cómo se  adquieren las creencias (llamadas normales) y cuáles son las distintas fases de este proceso, sugiriendo que las creencias delirantes reflejan una "anormalidad" o sesgo en alguna de estas fases (Bentall, 1990). El modelo heurístico de adquisición de creencias propuesto por Bentall se muestra en la siguiente figura.

Eventos en el mundo ® Percepción ® Inferencia ® Creencia

Búsqueda de nueva información

Una de las primeras aportaciones desde esta perspectiva al síntoma delirante fue la propuesta por Maher (1974), que sugiere que el delirio es un intento de explicación de las anomalías perceptivas que experimentan los pacientes psicóticos. Esta "explicación" se desarrolla a través de mecanismos cognitivos de razonamiento normales. En 1988 Oltmanns y Maher editan su libro "Delusional beliefs" recogiendo un gran número de aportaciones teóricas que estimulan el interés de este síntoma en el campo de la psicología a partir de los ochenta. La propuesta de Maher basada en el razonamiento normal de los pacientes con delirios fue cuestionada en estudios empíricos posteriores. Garety y Hemsley (1994) sugieren que los pacientes con delirios muestran un sesgo en el  razonamiento siendo el razonamiento probabilístico la variable más implicada en su formación y mantenimiento. El paradigma que utilizan en sus estudios es el del modelo bayesiano de inferencia probabilística, que no evalúa si las conclusiones de un razonamiento son válidas sino el modo en que los sujetos llegan a conclusiones. Este modelo resulta interesante ya que incorpora la fuerza de la primera creencia de un sujeto y nos informa de la manera en que  ésta debe ser revisada a la luz de nueva información (Fischhoff y Beyth-Marom, 1983). Garety y Hemsley predicen que, en tareas de inferencia bayesiana, las personas con delirios harán juicios más rápidos y confiados que otros grupos de pacientes y que los sujetos normales. De los 14 estudios sobre razonamiento realizados hasta la actualidad, -en una revisión de Garety y Freeman (1999)-, 11 aportan evidencia de un sesgo en el razonamiento de los sujetos delirantes. Los resultados más claros provienen de los estudios sobre razonamiento bayesiano: de los 8 estudios 7 encuentran que estos sujetos "saltan a conclusiones", es decir, que utilizan muy pocos datos para llegar a conclusiones (menos de los que la teoría supone necesarios, y menos de los que utilizan los sujetos normales). En general, podríamos decir que estos estudios indican que las personas con delirios muestran una tendencia a buscar menos información para llegar a una conclusión pero sólo si no se les presentan todos los datos, ya que si se hace son capaces de usarlos. Parece también que existe un sesgo a la hora de recolectar información.

Otro grupo de teorías cognitivas se centran en el papel de la atención selectiva como factor de mantenimiento de las creencias delirantes. Ullman y Krasner (1969) sugieren que la atención anormal del paciente a estímulos amenazantes es un factor relevante en el delirio. Esta hipótesis ha sido retomada por Bentall y Kaney (1989) en un estudio experimental mediante una tarea de memoria con palabras de contenido amenazante, depresivo y neutro, y comparando pacientes delirantes, depresivos y controles no psiquiátricos, encontrando que los pacientes delirantes recuerdan más palabras amenazantes que de los otros dos tipos, pero también más palabras depresivas que neutras. Estudios posteriores, utilizando diferentes tipos de tareas, hallan los mismos resultados apoyando la hipótesis del sesgo atencional selectivo a estímulos amenazantes (Kaney, Wolfenden, Dewey y Bentall., 1992; Kinderman, 1994; Bentall, Kaney y Bowen-Jones, 1995; Bentall y Kaney, 1996).

Un gran número de autores en la década de los 90 han comenzado a dirigir sus investigaciones sobre los delirios de persecución en el campo de la teoría de la atribución, hipotetizando que existe un estilo atribucional característico de los pacientes que muestran este tipo de síntoma. Abramson, Seligman y Teasdale (1978) sugirieron que algunos trastornos psicológicos, como es el caso de la depresión, estaban asociados a un estilo atribucional característico, así , se ha comenzado a estudiar la relación de la teoría de la atribución en busca de explicación de la sintomatología psiquiátrica.

Con anterioridad ya se realizaron intentos para aplicar esta teoría al problema de la paranoia. En un estudio a este respecto Kaney y Bentall (1989) mostraron que pacientes con delirios de persecución a los que se les administraba el ASQ ("Attributional Style Questionnarie" Cuestionario del estilo atribucional , Peterson, Semmel, Von Baeyer, Abramson, Metalsky y Seligman (1982), mostraban puntuaciones externas, globales y estables en sus atribuciones para eventos negativos, e internas, globales y estables en sus atribuciones sobre eventos positivos. Este trabajo fue replicado por Candido y Rommey (1990) comparando sujetos paranoides no depresivos, paranoides depresivos y controles normales.  Encontraron que los sujetos paranoides no deprimidos mostraban atribuciones externas para los eventos negativos e internas para los positivos, y los sujetos paranoides deprimidos mostraban puntuaciones anómalas sólo en sus atribuciones para los eventos negativos. Estas observaciones se han encontrados en numerosos y distintos estudios, Bentall, Kaney y Dewey (1991) hallaron en estos sujetos un sesgo a la hora de hacer atribuciones personales cuando tenían que dar explicación de eventos interpersonales sociales negativos en los cuales ellos no participaban, también Kaney y Bentall (1992) han mostrado que pacientes con delirios de persecución muestran un sesgo auto-sirviente en tareas de juicios de  contingencia.

A raíz de estos hallazgos Bentall (1994) argumenta que los delirios de  persecución pueden estar reflejando, de una forma exagerada, un sesgo cognitivo de auto-protección como el que aparece en sujetos normales en situaciones amenazantes (Taylor, 1983), por lo que puede estar cumpliendo la función de defensa contra una baja autoestima. Esta teoría es similar a la propuesta hecha por autores psicodinámicos (Winters y Neale, 1983) y aparece también reflejada en los trabajos de Zigler y Glick (1988) que sugiere que la paranoia es en realidad una depresión camuflada. Apoyando esta hipótesis aparecen los resultados de un gran número de estudios en los que se evalúa el estilo atribucional de los pacientes con delirios de forma indirecta. Se emplea para ello el instrumento diseñado por Winters y Neale (1985) "Pragmatic Inferencial Test (PIT)" que se presenta al sujeto como un test de memoria. Los resultados obtenidos muestran que en este tipo de medida implícita de la atribución, los pacientes delirantes responden de la misma forma que los depresivos (Lyon, Kaney y Bentall, 1994). Se sugiere que los delirios son un mecanismo disfuncional para el mantenimiento de una percepción positiva del self; así, Kinderman y Bentall (1997) llevan a cabo un estudio en el que proponen como modelo teórico la teoría de la discrepancia de Higgins (1987), que relaciona el afecto con el self. Sugieren que las atribuciones externas propias de los pacientes delirantes tienen como resultado la reducción de las discrepancias entre el yo-actual (lo que soy en realidad) y el yo-debería (lo que pienso que debería ser), pero inevitablemente activa las discrepancias entre las autorrepresentaciones (la visión propia de uno mismo) y las representaciones de los otros sobre mi (lo que pienso que los demás piensan de mi), lo cual puede derivar en creencias de perjuicio.

Por último, señalar las aportaciones más actuales que sugieren una posible relación entre el delirio y los déficits en la teoría de la mente, referida a la capacidad o habilidad de entender y conceptualizar el proceso mental de los otros; es decir, la competencia de atribuir mente a otros y de predecir y comprender su conducta en función de entidades mentales tales como las creencias y los deseos (Rivière y Núñez, 1996). Frith (1992) propone que los delirios de referencia y de persecución emergen de la inhabilidad para representarse creencias, pensamientos e intenciones de los otros, esto es, de un déficit de la

Una de los principales efectos de todas estas importantes aportaciones de la psicología al estudio del delirio ha tenido lugar en el tratamiento de la sintomatología psicótica. A continuación expondremos estas nuevas líneas de tratamiento y los resultados obtenidos hasta la actualidad.

El problema del enganche con el paciente psicótico

Uno de los problemas principales con los que debe enfrentarse la terapia cognitiva es el enganche. Para establecer una buena alianza terapéutica es necesario comprender la perspectiva del cliente y las emociones que le produce su particular manera de ver el mundo. Esto implica empatizar con el sufrimiento que padece, pero nunca manifestar apoyo a la creencia. Un prerrequisito para la terapia es implicarle en el "empirismo colaborador", es decir, en un proceso de colaboración experimental en el que cualquier creencia es una hipótesis que deberá ser contrastada con los datos que la realidad ofrece, buscando siempre aquellos que la hacen falsa y no los que la confirman (Popper, 1968)

Durante las primeras sesiones es recomendable evaluar los problemas que más importancia tienen para el cliente y proporcionar soluciones específicas en caso de que se sienta muy angustiado por alguno de ellos. Se discutirán las metas de trabajo conjunto dentro del marco de la colaboración. Para recoger información específica se utilizará la "técnica de Columbo" en la que el profesional formula constantes preguntas (nunca afirma de manera categórica, como haría "Sherlock Holmes") disculpándose por su torpeza al no entender los hechos particulares que componen la creencia delirante. Se plantea esta evaluación como la reconstrucción de un complejo puzzle.

Evaluación y terapia cognitiva para el delirio

La terapia cognitiva afirma que no existe una relación directa entre un acontecimiento determinado (agradable o desagradable) (A) y las emociones que se puedan experimentar a raíz de él (pánico, depresión, desesperanza,...), ni conlleva el desarrollo de determinados comportamientos (inercia o evasión) (C). Ya que mediando en esta cadena están los pensamientos, creencias, esquemas (B) que actúan como filtros de la información. (Beck, 1979). Este modelo entiende los delirios como Bs, es decir, interpretaciones de un hecho que pueden ir asociadas o no con angustia y alteraciones conductuales.

Durante la evaluación se recogerá información sobre cada uno de los elementos de la cadena ABC:

Acontecimientos activadores (A) 

Debemos conseguir que el cliente se centre en un acontecimiento específico asociado con la creencia y la angustia subsiguiente.

Afecto y conducta (C): 

Es muy importante utilizar una medida individualizada de la emoción, para ello se elige la palabra exacta que el cliente utiliza para expresar cómo se siente, y se usa posteriormente como etiqueta para controlar los estados afectivos.

Delirios (Bs).: 

No solo se evaluará el tipo de delirio y su intensidad sino cada una de las dimensiones de que están compuestos, que varían de manera independiente, esto es: convicción, preocupación que suscitan, formación, evidencia a favor y en contra, susceptibilidad al cambio.

Creencias evaluadoras centrales (Bs): 

Es importante acceder a los esquemas (patrones cognitivos relativamente estables que constituyen la base de la regularidad de las interpretaciones acerca de un determinado conjunto de situaciones) que subyacen a la visión del mundo del cliente.

Finalmente se conectarán cada uno de los elementos:  la experiencia temprana, el estilo interpersonal, los eventos vitales significativos, el inicio y el análisis de los problemas siguiendo el esquema ABC, de manera que el cliente entienda la relación entre los distintos elementos.

Con la terapia cognitiva se pretenden conseguir cuatro tipo de insights:

  • Reconocer que el delirio es una creencia y no un hecho

  • Que representa una reacción o un intento de dar sentido a ciertos aspectos de la vida de uno

  • Que conlleva unos costos emocionales y conductuales

  • Por último, tras las pruebas realizadas reconocer que el delirio es falso y rechazarlo en favor de una explicación más razonable.

Los pasos de la terapia son:

1. Desafiar la evidencia del delirio

Chadwick, Birchwood y Trower cuestionan la interpretación delirante del cliente y proporciona una interpretación más razonable (el terapeuta no la sugiere sino que trabaja con el cliente mediante el método socrático para que él la genere). Es difícil que se produzca una de la convicción dado que tendemos cometer el sesgo de confirmación (seleccionar los datos que confirman nuestras creencias rechazando los que la falsan) y el razonamiento emocional (considerar la emoción asociada a la creencia como una evidencia de su veracidad).El terapeuta no tiene que modificar lo que el cliente piensa, sino proporcionarle insight sobre la manera en que está pensando.

2. Desafiar la creencia directamente:

  1.  Se señala cualquier inconsistencia e irracionalidad en el sistema de creencias del cliente. Todas las creencias tienen un grado de inconsistencia y de irracionalidad.

  2. El delirio se redefine como una reacción y un intento de dar sentido a cierta experiencia.

  3.  Se muestra como desde la perspectiva del cliente el delirio carece de validez externa y conlleva significativos costos personales, y se valoran otras posibles alternativas más plausibles.

3. Prueba empírica: 

Implica planear y llevar a cabo una actividad que valide o invalide la creencia o parte de ella. Beck et al. (1979) llamaban a estas actividades experimentos conductuales puesto que sirven para probar una  hipótesis. Fennell (1989) proporciona un procedimiento claro para negociar una prueba con el cliente. Esto es: a) especificar la inferencia que se va a evaluar con la prueba (si...entonces...), b) revisar la evidencia existente para  predecir el resultado, c) diseñar un experimento específico para probar la validez de la predicción, d) darse cuenta y aprender de los resultados, e) llegar a conclusiones de este test específico.

La evaluación de la eficacia de este tipo de tratamiento se ha llevado a cabo en 

En la actualidad, se está llevando a cabo en Inglaterra un estudio a mayor escala (Estudio Sócrates) sobre la eficacia de este tipo de tratamiento en múltiples estudios experimentales (la mayoría de caso único) (Chadwick y Lowe, 1990, Chadwick y Lowe, 1994, Chadwick, Birxhwood, y Trower, 1996, Cuevas Yust, Perona Garcelán, 1997), mostrando una reducción significativa en la sintomatología delirante. Con esto no queremos decir que el delirio desaparezca, sino que las dimensiones que lo componen (convicción, ansiedad, preocupación, etc.) se reducen en alguno de los parámetros (intensidad, frecuencia o duración), lo que contribuye a una mejora en el funcionamiento social y clínico del paciente.

En la actualidad, se está llevando a cabo en Inglaterra un estudio a mayor  escala (Estudio Sócrates) sobre la eficacia de este tipo de tratamiento en pacientes psicóticos ingresados. Se comparan los tratamientos psiquiátricos tradicionales con el tratamiento farmacológico unido a la terapia cognitiva.

Aunque se trata de un estudio que aún está en elaboración, los primeros resultados analizados apuntan a un mayor beneficio de esta última (está en

Cuando los estudios son realizados con pacientes que están recibiendo tratamiento farmacológico estable, los delirios son tratados porque son resistentes a la medicación, pero es evidente que esta tiene un impacto significativo en la conducta de los clientes y en su respuesta a la terapia cognitiva.

Otro de los problemas importantes es que los delirios son sucesos privados, por lo que es posible que los registros de convicción sean falseados en respuesta a la demanda y que en un nivel más profundo el delirio permanezca inalterado. Respecto a las medidas es importante tener en cuenta que las líneas base de los sujetos pueden estar infladas dado que se han evaluado después de discutir una hora o más sobre los delirios, y las medidas de cambio referidas por los pacientes nada más terminar las sesiones pueden no ser mantenidas a lo largo de las semanas.

Conclusiones

La sintomatología psicótica ha sido considerada uno de los máximos exponentes de las alteraciones bioquímicas del cerebro. El éxito obtenido en su control con el nacimiento de los antipsicóticos hizo que otras alternativas terapeúticas quedaran relegadas a un segundo plano. Con la desinstitucionalización la intervención psicológica ha ido dirigida al entrenamiento de habilidades para el funcionamiento autónomo, mientras que los delirios y alucinaciones han permanecido dentro del campo de acción de la psiquiatría. Actualmente, numerosas investigaciones están demostrando que esta exclusividad de tratamiento no está justificada, y que muchos de los presupuestos de los que se partía en su abordaje eran erróneos.

Desde el modelo cognitivo se entiende el delirio como una creencia que media en la interpretación de los acontecimientos y por ello, favorece que se produzcan determinadas emociones. Estas creencias dotan de significado las experiencias del individuo y están relacionadas con los esquemas que han sido aprendidos  durante el proceso de socialización. La terapia cognitiva, creando previamente un clima de confianza y cooperación utiliza el método socrático (a través de preguntas) para cuestionar, en primer lugar, los datos que apoyan la creencia y en segundo lugar la consistencia de la misma, y posteriormente plantea una prueba empírica que sirva de apoyo experimental.

Estas intervenciones no están exentas de problemas metodológicos que dificultan las investigaciones de la eficacia real en la reducción de la sintomatología, y que deberán ser solventadas en el futuro.

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Referenciar así: Cristina Diez-Alegría Gálvez  , Eva Mª Muñiz Giner , El delirio: teorías psicológicas  e intervención.

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